“ORAR ES HABLAR CON DIOS”… ¿De qué? ¿De qué hablas tú con tus amigas? De ti, de tus preocupaciones, tus alegrías, tus penas y si es una amiga muy cercana, te interesas por ella, por conocerla mejor, en fin, todo lo de ella te interesa y siempre tienes tiempo para ella, te haces el tiempo, te encanta compartir, porque ella también te escucha, se interesa por ti, es una amistad verdadera, valiosa, te hace feliz. Pero para llegar a eso tienes que conocerla, cómo es su vida, cómo es ella y eso no sucede de un día para otro, necesita tiempo, tu interés, tu cariño.
Así nos pasa en nuestros encuentros de cada día con el Señor. Tenemos que conocerlo, interesarnos, escucharlo, porque Él nos habla a través del Evangelio, a través de lo que nos sucede, a través de lo que pasa en el mundo. Y para que eso pase tenemos que afinar el oído al Espíritu Santo, es el Espíritu de Cristo que lo tenemos con nosotros y en nosotros. Sólo que Él habla bajito, como una brisa suave y para oírlo tenemos que poner atención, tenemos que hacer silencio a nuestra cháchara interior, tenemos que “querer” escucharlo. En una ocasión que una hermana le preguntó a Santo Tomás de Aquino: ¿Qué se necesita para tener fe? Y él sin dudarlo ni un momento, contestó: “¡Querer!”. La voluntad es un gran don que recibimos del Señor, pero nos cuesta dominarla, es verdad…
El Señor, lo sabemos, se interesa por todo lo nuestro y le gusta oírlo de nosotros, porque cuando hablamos de nosotros con Él podemos reconocer fácilmente lo que está bien, lo que no está tan bien y también ver nuestros errores. Con Él podemos conocer nuestra verdadera manera de ser, nos vamos conociendo mejor a nosotros mismos, que es lo que quiere el Señor, que sabe que ese conocimiento es esencial para mejorar respecto a lo que Él nos pide en el Evangelio.
Es verdad que cada uno puede orar de la manera que quiera, claro que sin que nuestra mente esté en otra cosa sino en lo que está diciendo. Sin embargo deseo hablarles un poco de algo que me pareció muy valioso para ayudarnos a orar cuando así lo deseemos.
En la Exhortación Apostólica “Verbum Domini” que, a raíz del último Sínodo de Obispos, escribió el Papa Benedicto XVI, el énfasis estuvo puesto en la necesidad que tiene actualmente el cristianismo de conocer realmente la Sagrada Escritura. Empieza con el título: “El Dios que habla” y en otra parte dice: “No hay prioridad más grande que ésta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante”
En la Encarnación del Verbo se expresa la Palabra eterna de Dios. La historia de Jesucristo es única y singular, es la Palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se entiende por qué “no se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y con ello una orientación decisiva. La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación nunca habría podido inventar.
En el Sínodo, se ha hablado de muchos métodos para acercarse a las Sagradas Escrituras, pero se ha dado mayor atención a uno que se llama la “lectio divina”, que es verdaderamente “capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente”
Quisiera recordar aquí cuales son los pasos fundamentales de este modo de leer la Sagrada Escritura:
Se comienza con la lectura del texto. Se lee con atención y se responde la primera pregunta:
“¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo?”
Sin este momento se corre el riesgo de que se convierta en no salir nunca de nuestros propios pensamientos.
Sigue después la meditación con la segunda pregunta:
“¿Qué me dice Dios a mí, en el texto?”
Aquí cada uno se debe preguntar y examinar, ya que son palabras para hoy, mañana y siempre las de la Biblia.
Se llega así al momento de la oración al responder cada uno a la tercera pregunta:
“¿Qué le digo yo a Dios como respuesta a su Palabra?”
Aquí viene nuestra oración, nuestra conversación con Dios y le pedimos, le damos gracias, le pedimos fortaleza, constancia, su ayuda, y todo lo que nos nazca decirle.
Por último se concluye con la contemplación, durante la cual aceptamos como propia la mirada de Dios sobre la realidad, y nos preguntamos:
“¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?”
La respuesta a esta pregunta es sumamente importante, ya que con ella concretamos en acción lo que el Señor nos está pidiendo, acción que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad, que es amor.
1 me comentan:
Bienvenida Chivi querida!! qué alegría escuchar tu voz en estas palabras de Dios... estoy esperando tu próximo posteo!
Un beso
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